Segunda parte de "El Mensajero"
En poco más de cuatro días, tía Aldara había pasado de ser una mujer salvaje y vital a ser un esqueleto postrado en cama que, aun así, miraba por la ventana llorando y temiendo a la noche.
Mi incertidumbre crecía, y quizás por ello, decidió al fin compartir conmigo aquel secreto, que tan bien había custodiado durante toda mi existencia. Me reveló el misterio de aquella noche de la que todos hablaban a escondidas. La noche, en la que, según ella, la muerte la visitó.






