Vivo así, abrigando cafés. Me gusta dejar que mis manos se pierdan en las mangas del abrigo más cálido que pueda ponerme, el más cálido y el más grande; ese que parece que ni siquiera es mío, y en el que podría perderme si quisiera.
Me gusta sostener la taza de café y notar el calor en mis manos, a través del tejido del chaleco; ser consciente de que las barreras se hacen vapor y vuelan.
Aspirar el aroma y dejar que me seduzca la promesa de su sabor. Cerrar los ojos al dar el primer sorbo y sonreír después. Aquietar el momento, dibujar el instante.
Me gusta endulzarlo con letras, a ser posible de un tomo antiguo que desprenda olor a otoño y recuerdos.
Hay veces en las que cierro los ojos, y siento como el aroma del café acaricia las letras, que coquetas, pestañean una historia con sabor dulce.







