Cuenta una leyenda griega que el sol y la luna eran seres mortales que estaban enamorados.
Era un amor tan puro, fuerte y real, que la misma diosa Afrodita sintió celos de él. Ella, como diosa, no entendía que un amor entre
dos mortales pudiese tener esa fuerza.
Los celos no son buenos consejeros, y la diosa decidió demostrar al resto de mortales e inmortales, que ese amor no era tan sólido como parecía. Seductora, se presentó bella e incitadora ante el Sol, que por aquél entonces, era
solo un joven más.
Afrodita no estaba preparada para la respuesta del Sol, que confirmó a la diosa que era la mujer más bella y dulce que jamás había visto, pero que su corazón
pertenecía a su amada Luna, su amada mujer.
La diosa enfureció, pues no había conseguido más que
comprobar que, en efecto, el amor entre el Sol y la Luna superaba todos
los obstáculos y era fuerte y hermoso. Un amor que superaba incluso al de
los dioses. Enfadada, mandó separarlos para siempre.
El hombre solo podría
salir de día y la mujer de noche. De esa forma no podrían coincidir y se
consumiría la llama del amor. Pero ese bendito amor no se terminó y ello
conmovió a Zeus, que al no poder contradecir la orden dada por Afrodita,
decidió hacer algunos cambios. Les dio la oportunidad de ver sus rostros, aunque solo fuesen instantes.
Por ello, cuando el sol brilla
con toda su intensidad, y la temperatura es alta, se puede ver la silueta de la
luna en el horizonte.
(Leyenda incluida en mi novela "Brumas del pasado")