Al principio no le di importancia. Sin embargo, luego me preocupé al observar como el velo del atardecer cubría de sombras su rostro. Una oscuridad leve teñía sus párpados, y proyectaba fantasmas bajo sus ojos. La liviana palidez de sus labios, la frialdad de sus manos entre las mías. Lo cierto es que, en mí, se encendió la antorcha de la angustia. Mariña era mujer extraña y solitaria, al fin y al cabo, como los personajes de aquel que ella tanto adoraba leer… su Edgar Allan Poe. Le pedí, le rogué, la convencí… para que esa noche se quedara a dormir a mi lado.
Y aceptó.






