De forma fortuita y trágica, la Muerte acudió a aquél pequeño hogar situado a las afueras de un pueblo tan pequeño, que por no tener, no tenía ni nombre.
Junto al cuerpo del joven que habría de acompañarle, una niña permanecía absorta acariciando su cabello. Era tan joven que aún podía llamarse niña. No lloraba, y en su hermoso rostro se dibujaba la más serena paz. Fue en ese instante que la Muerte anheló de una forma profunda y casi dolorosa, apreciar la mirada que se ocultaba bajo unas pestañas que brillaban como el rocío de la mañana.
Sabía que no había peligro en ello, a pesar de la extrañeza del deseo. Sabía que aquella criatura que parecía un ángel, no podía verla, ni percibir su presencia, ni tocarla... Más se equivocó.