Lo tenía todo, pero sentía que no tenía nada. Observaba la naturaleza tras un cristal y envidiaba el vuelo de aquellas mariposas que osaban acercarse a su ventana. Les envidiaba la libertad.
Una increíble mariposa azul se posó sobre el alfeizar de su ventana. Respiró hondo y sintió que las lágrimas le inundaban los ojos. Notó el pulso acelerado y la frente fría de apoyarla en el cristal. Sus manos ahora heladas, temblaban, mientras separaba su cuerpo de la ventana, abandonaba la habitación, bajaba la inmensa escalera y descendía los peldaños... ansiando sentir el frescor del exterior en el rostro, y aterrada por ello.