jueves, 12 de noviembre de 2015

La duquesa roja

La duquesa roja que necesitaba al árbol leñoso para vivir.

Evangelina, la antigua duquesa de Monte Alto y Bajo Cerro, era más conocida por los lugareños como “La Duquesa Roja”, un personaje, por cierto, muy pintoresco en el lugar. Octogenaria de edad, delgada de carnes y blanca de piel, siempre gustaba de utilizar el color rojo en toda su indumentaria, sin que el paso de los años hubiese impedido continuar con la mencionada tradición, hecho en sí que le otorgó el ya mencionado título. 

Había quienes al escuchar hablar de ella pensaban que era una aristócrata excéntrica y venida a menos que había caido en desgracia, pues no vivía en una gran mansión, como se podría esperar de alguien poseedor de tan ilustre titulo nobiliario, sino en un caserío viejo y anticuado que se caía a pedazos. La mujer, que adquirió su linaje gracias a sus nupcias con don Federico Hinojosa de Nogales, duque de profesión y holgazán de afición, había regresado tras la muerte de su esposo, a su lugar de origen, siendo poseedora de  aquella pequeña extensión de terreno, para ser más concretos un olivar, herencia de su bisabuela paterna.

Pero lo que más inquietaba de aquella anciana, era su intransigencia con respecto a un enorme árbol leñoso que presidía el olivar y cuyas raíces ya habían comenzado a invadir parte del salón de doña Evangelina. A ella, no parecía darle mucho disgusto este hecho, incluso había llegado a colocar unos almohadones y cojines que permitían utilizar el improvisado elemento decorativo como algo práctico. De todos era sabido, que la duquesa roja era muy supersticiosa. En su destartalada vivienda jamás faltaba una herradura que colgaba tras la puerta, cada día encendía una vela con el fin de apagar su llama de un soplido, su llavero era una pata de conejo, y los cactus adornaban sus desvencijadas ventanas. Pero en su caso, la duquesa tenía un miedo atroz, no a un espejo roto, que también, sino a que alguien cortase o dañase en cierta forma aquél viejo árbol que la acompañaba en su vivir diario. Sus padres, una vez le contaron la historia de que aquél olivo era mágico. La vida media de aquella especie de olivo era de unos veinticinco o treinta años, más fuera de todo pronóstico, allí seguía, perenne como sus hojas, como acompañante eterno de la duquesa.

Todo iba bien en la tranquila vida de esta mujer, hasta que su capataz decidió un día morir, sin avisar. ¿Qué iba a hacer ella ahora? Decidida, aquella mujer que casi no se sostenía entre sus dos piernas enfundadas en aquellas rojas medias, y su agotado bastón, contrató a Severino, hombre culto en el tema agrícola y si su memoria no le fallaba, padre de familia. Sólo una advertencia realizó al nuevo empleado.

-          Si alguien dañase este árbol, yo moriría sin remedio- le explicó al instante.

Severino que ya conocía de las excentricidades de doña Evangelina, prefirió asentir. Más aquél armatoste le impedía utilizar maquinaria para la recolección. Sus raíces sobresalían de la tierra, extendiéndose, y le dificultaban la labor. Era un árbol viejo, sería buena leña. Además, estaba dañando la cimentación de la casa y no proporcionaba ya aceitunas. Si lo cortaba, la anciana podría despedirlo, pero si vertía en él algún producto, se secaría solo y ella no lo culparía. Fastidiado por aquél incordio de raices sobresalientes y escasas hojas, procedió a ello.

En pocos días, el árbol comenzó a resecarse, mientras, casualmente, la duquesa se debilitaba. Ella, angustiada, decidió preguntar a su nuevo capataz, en cuyos huidizos ojos divisó el atisbo de la culpa.

-          ¿Le has hecho tú algo a mi hermoso árbol?- le preguntó.
-          No señora. Es sólo que es viejo y ya no es útil. No tiene más utilidad que la de estorbar. Tampoco se va a perder tanto. – se defendió el hombre de pronto preocupado por lo que había hecho.
-          Una respuesta cuánto menos inquietante, joven. Yo también soy vieja, sólo estorbo según muchos y tampoco se va a perder tanto cuando decida reunirme con mi Federico. Pero aquí sigo, dándole trabajo a usted y alimentando a su familia. Confío en que esta vez me escuche. No permita que nadie arranque el tocón que del árbol quede.

Severino se marchó a casa realmente angustiado. ¿De veras la duquesa necesitaba para vivir aquél árbol? Él también debía estar perdiendo la cordura.

Al día siguiente, la duquesa vistió sus mejores galas, incluso se colocó su sombrero de rojo fieltro. Colocó una nota sobre la mesita del te. Legaba su herencia familiar a una sobrina lejana de la que nadie sabía nada. Sólo una petición. Ser enterrada bajo las raíces del árbol. Y una promesa, o regresaría desde el más allá. Si el árbol se recuperaba, jamás nadie lo cortaría. Después, se colocó entre los cojines que apoyó sobre aquellas hoy maltrechas raíces, y allí, con tranquilidad, murió.


El pueblo, asustado, decidió enterrar a la anciana en el lugar que ella había indicado. Pobre mujer. Había sido supersticiosa hasta el final de sus días. La nueva heredera cortaría aquél árbol decrépito de raíz. Más conforme los días pasaban, todos asombrados comprobaban como el árbol renacía. Con más fuerza y vigor que nunca. Mientras, a muchos kilómetros de distancia, una joven viuda hacía las maletas para mudarse a su nuevo hogar, heredado de una tía abuela que desconocía poseer. Como único equipaje su vestido favorito. El rojo. 


martes, 10 de noviembre de 2015

Hijas de la noche en llamas

“Una antigua leyenda griega es el leitmotiv (tema central) de esta novela: las doncellas de Argos se tiraban a un precipicio tras ver en el espejo de una bruja el rostro de su vejez. ¿Veían sólo el rostro de su vejez o veían también todo lo que les iba a ocurrir hasta llegar a él?

Las tres voces furiosas que tejen esta narración son las de tres hermanas que se acercaron tanto al espejo de la fábula que en realidad lo atravesaron, y encarnan, cada una a su manera, dualidades muy amargas, pulsiones muy poderosas de las que no son culpables y que no dudan en apurar hasta el último momento. “

Esta novela me hizo reflexionar sobre temas para algunos tabú, y para otros, inquietantes. En la contraportada del libro aparece en letra negrita una descripción muy simple y muy buena de su historia.

“Un mundo oscuro y transparente, habitado por criaturas angélicas y bestiales, donde la venganza es simplemente una forma valiente y fatalista de asumir la vida”.


Hijas de la noche en llamas nos habla de vidas pasadas, memorias suspendidas y deseos a medio cumplir. Es una obra inquietante, interesante, y absorbente.   



Su autora, Irene Gracia, es una madrileña nacida en 1956, que realizó estudios de pintura y escultura en  la Facultad de Bellas Artes de Barcelona. Es autora de dos poemarios inéditos y de varios cuentos aparecidos en diferentes colecciones.

“Fiebre para siempre”, su primera novela, obtuvo el Premio Ojo Crítico 1994.

Otras de sus obras son “El coleccionista de almas perdidas”, “Mordake, o, la condición infame”, “El beso del ángel”, “El alma de las cosas”, “Anoche anduve sobre las aguas”. 

                                      

domingo, 8 de noviembre de 2015

Mirando hacia arriba



Los sentimientos son como el agua, pueden correr a su antojo, mojándote con emociones hermosas, o ahogándote en otras amargas, refrescando en cálidas noches de verano o dejando aterido tu corazón… pero al igual que el agua, son indispensables para la vida y para el amor.

Tanto si hoy es un día alegre y dichoso, como si algo preocupa a tu razón, busca una alfombra sedosa de verde lecho, tumba tus pesares y aléjalos de ti, eleva tu vista al cielo y reza para que un árbol de frondosas hojas te cubra, observa la luz cruzar a través de la vida… y siéntete parte de ese todo, de esa magia, de esa energía, y de ese ser…


Eleva tu consciencia y siente… llena tus pulmones y RESPIRA.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Salvaje

Voy a contaros una historia algo peculiar. Os voy a presentar a Ernesto, un muchacho normal y corriente, enemigo del deporte y amigo de la tranquilidad, el sofá y el relax. 

Sus padres, Leo y Clotilde, eran un matrimonio muy peculiar. A Clotilde le encantaban los viajes de placer, algún crucero, tumbarse en cálidas y blancas arenas, el olor de las cremas solares… Leo prefería la acción y el deporte. Intentaba practicar todo tipo de deportes mientras su esposa se tendía al sol. Hombre fuerte y éste sí , bastante musculoso, no dejaba de decirle a su hijo que parecía más bien un apéndice de ser humano que un ser humano propiamente dicho, comentario que por cierto a Ernesto le sentaba bastante mal.  

Aquí comienza nuestra historia. Llegada del verano, y con la mencionada estación, las esperadas y temidas a partes iguales, vacaciones familiares. Esta vez a África. Sí, tal como os suena, y es que aunque no lo creáis, aún hay gente que puede viajar y además donde quieran, ¡guau! ¿A qué no sabíais que esa especie existía? 

En fin, que me voy por las ramas africanas. Leo pensaba en lo divertido que sería hacer safaris, practicar todo tipo de deportes de riesgo, incluso alguna excursión de caza, o de submarinismo. ¡Lo que iba a disfrutar de África! Clotilde, a la que por cierto todos llaman “Clo”, sólo piensa en sus playas, en un par de hermosos indígenas que la abaniquen mientras su blanca piel toma un hermoso color bronceado y en beber todas las bebidas exóticas que pueda, si son afrodisíacas mejor, así las puede compartir con su querido Leo, su león particular. Y luego está Ernesto. Para él, África es la selva y la selva es calor, mosquitos, molestias, caníbales, e incluso quién sabe si la malaria. Probablemente en la maleta de Ernesto no haya más que antihistamínicos, antibióticos, y anti-todo lo que se pueda sospechar...

jueves, 5 de noviembre de 2015

Libelulas

Hace unos meses, antes de la llegada del verano, compré unas luces solares para colocar en las plantas que tengo en mi patio. En las noches de verano, me gusta sentarme fuera, tener el cielo por montera, sentir mis pies descalzos pegados al suelo y rodearme de mis plantas. Me siento anclada a la tierra, pero a la vez, elevo mis pensamientos al firmamento.

Esa sensación me transmite paz. Pero este verano, además de mis consabidas velas aromáticas, he tenido una luz extra. Cuatro luciérnagas que iban cambiando de tonalidad dándole un toque mágico a mi momento de descanso. 

Lo cierto es, que hace unos días, encontré una libélula en mi patio. Una real, justo al lado de la ficticia. Era muy pequeñita, unos dos centímetro y medio. Me quedé observándola. Me hizo gracia encontrarla precisamente junto a su imagen duplicada en plástico, y bueno, decidí buscar información sobre ellas, tal vez, porque en los últimos meses, las libélulas han formado parte de mi vida de una forma u otra. 

Menuda sorpresa me llevé, ya que encontré de todo. Son criaturas extraordinarias. Tienen cuatro alas en lugar de dos, cuatro alas que no pueden replegar sobre su alargado abdomen. Pueden hacer cualquier maniobra de vuelo y alcanzar una gran velocidad. Sus dos ojos compuestos les permiten un giro de hasta 360 grados. Lo ven todo.

Su plato favorito es el mosquito, con lo cual, ya me caen muy bien. Pero hoy, voy a contaros la otra parte no técnica. La leyenda, el mito, lo que cada cual quiera pensar.

La libélula simboliza la transformación, la búsqueda interior. Al igual que ella se ha de ir adaptando en su vuelo a lo que vaya enfrentando, el ser humano tiene que ir adaptándose a lo que la vida le va imponiendo, cambiando a veces sus ópticas y desviando su camino para conseguir el fin que desea o necesita. Simbolizan poder, equilibrio, coraje, fuerza.

Sus alas iridiscentes van reflejando las distintas tonalidades y nos recuerda que hemos de reflejar las realidades, lo que hay a nuestro alrededor. Sus ojos compuestos simbolizan que hemos de ver más allá, abrir la mente, ver nuestras capacidades.

Existe una leyenda, una especie de cuento de origen celta. Según esta historia, en el principio de los tiempos, estaba prohibido que las hadas convivieran con los humanos para que no surgieran relaciones de naturaleza prohibida. Algunas hadas desobedecieron estas normas y eso enfadó a su diosa, Aine, diosa celta del aire. Como castigo les quitó su forma humana y las convirtió en libélulas, aunque se apiadó de ellas y les dejó sus poderes. Es decir, podrían seguir concediendo deseos a los humanos, leer los pensamientos, hacer realidad los sueños, y volar tan rápido que no pudiesen seguirlas.

Con el tiempo, Aine indultó a las hadas y les permitió vivir entre los humanos. Pero éstas habían comprobado que con su forma de insectos era más fácil la convivencia, pues no eran observadas como algo extraordinario o mágico a pesar de su poder. De esta forma, decidieron seguir siendo libélulas por fuera, y hadas por dentro.

Si ves una libélula cerca de ti, cuéntale tus sueños y pídeles tu deseo, porque tal vez, puedan ayudarte.

En cualquier caso, dicen que si tienes algún objeto con su forma, el hada que llevan dentro interpretará que las necesitas y te aportará suerte…









martes, 3 de noviembre de 2015

Chocolate

La luz del semáforo indica a los peatones que pueden cruzar. La chica, con paso cansino, continúa su deambular por las transitadas calles, hasta detenerse frente a una cafetería. La fachada está pintada entera de un tono rosa suave. Allí, se detiene y observa el interior a través de las amplias cristaleras. Durante un instante queda detenida en el umbral, indecisa, hasta que finalmente, pasa al interior.

-         Pensé que ya no vendrías.
-         Yo misma pensé no venir.
-          
Una de las camareras, se acerca a ellos sonriendo.

-         Buenos días, ¿qué van a tomar?- les pregunta con amabilidad.
-         Café con leche y tarta de queso, por favor - dice él sin dudar.
-         Yo, solo café. Gracias- añade ella.
-         Deberías tomar tarta. Traiga una porción de tarta de chocolate para ella- añade él.
-         ¡No! Gracias, sólo el café.

La camarera se aleja hacia la barra.

-         ¿Por qué haces eso? Ya no somos niños. No vas a sobornarme con chocolate. – le dice ella con los ojos vidriosos.
-         ¿Tanto hemos cambiado Amelia?- le pregunta él bajando la voz.
-         Al parecer, no lo suficiente.
-         Pensé que tú me apoyarías.
-         ¡Yo te quiero! ¡A ti, Javier, a ti! ¡Al hermano que siempre tuve!

Ambos jóvenes se sorprenden al ver como la camarera empieza a colocar sobre la mesa lo que han pedido. Para él, café y una porción de tarta. Para ella, el café. Junto a ello, sendos vasos de agua.

-         Que aproveche- dice la muchacha.

Ninguno de los dos contesta.

-         Siempre pensé que contaría contigo sin condiciones- expresa él atacando la tarta.
-         Y yo siempre pensé que tenías más juicio. ¿Has pensado en papá y mamá? ¿Ya has hablado con ellos?
-         Esperaba que tú me ayudarás en eso.
-         Ni en sueños. No pienso ser cómplice de tu locura.

Un pequeño intervalo silencioso se extiende entre ellos.

-         Puede ser muy peligroso, y lo sabes- añade ella en un susurro.
-         Lo necesito Amelia. Me quita el sueño. No soy feliz- le dice él con los ojos brillantes.
-         ¡Siempre fuiste un egoista!, ¡Siempre pensando solo en ti!

La muchacha se levanta y se dirige con rapidez a los servicios. Mientras, él, mira ausente el suave tono de las paredes. Queda la mitad de la tarta, la cucharilla reposa junto a ella, los cafés han dejado de humear.

Minutos después, ella regresa. Sus ojos se ven húmedos y el maquillaje algo corrido. Sin mediar palabra, vuelve a sentarse y le mira.

Y él la mira a ella.

-         ¿Cómo te llamarás?
-         Me gustaría que también me ayudases en eso.
-         No voy a dejarte mi ropa. Que lo sepas.- le dice ella en tono suave.
-          
Después, toma su cucharilla y la hunde en la tarta de él.

-         Deberías haberla pedido de chocolate- le dice.
-         La próxima vez lo haré- contesta él sonriendo y mirándola como solo se puede mirar a la única persona que te comprende.  



domingo, 1 de noviembre de 2015

Valor



(Estas palabras van dirigidas con mucho cariño para ti, Manolín. Tú ya me entiendes…)

La esperanza llegó en forma de gota líquida que impregnó tu corazón y te regaló alas. Años y años de lucha cobraban sentido con un regalo muy merecido…

Toreaste sin traje de luces, desnudo no solo de cuerpo, sino también de alma… en una plaza para ti muy conocida, cuadrada, aséptica y terrorífica. Allí, las alas se rompieron, llevándose con ellas el milagro…

Pero tú, dedicaste al llanto tan solo un fragmento, y por amor a los tuyos, decidiste mostrar al mundo tu sonrisa. 

Extiendes tus brazos al viento, agradeciendo todo lo bueno que tienes, y aunque tu mente y tu corazón sienten el dolor de la desilusión, muestras tu fuerza y abrazas a los tuyos dándoles aliento y esperanzas...

La imagen que te regalo es como tú. Rojo de pasión, coraje, lucha y entrega; naranja y amarillo de  pura fuerza contenida; violetas en el horizonte como símbolo de tu grandeza interior; y por último… el  océano ante ti… marinero de la vida.

No sé cómo llamarás tú a todo esto. Yo le llamo VALOR. 



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