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Yo te cuento

sábado, 13 de mayo de 2017

Las botas rojas



El pequeño se miró una vez más los pies, ahí escondidos bajo las hojas caídas de los árboles. Estaban sucios, llenos de barro y porquería. Pero el chico mostraba una sonrisa de felicidad en su rostro, jugando inquieto con las hojas caídas, moviendo los dedos en una especie de danza, sintiendo quizás como la tierra impregnaba y masajeaba cada uno de sus pequeños dedos. Empezó a frotar la planta de uno de sus pies descalzos,  negros por la mugre, sobre la pantorrilla del otro, y emitió una pequeña carcajada.


Se estaba bien en aquél pequeño jardín de los señores, donde la señorita Julia, le invitaba cada tarde a acompañarla y le leía las historias de un libro. Era un libro muy bonito, con dibujos en color y grandes garabatos y manchas negras que la muchacha definía como letras.

El rapaz tenía una edad indefinida, pero era el décimo de diez hermanos. Podría decirse que tendría unos ocho años, año arriba, año abajo. Eso sí, era de mente inquieta. Quería aprender, como los señores de la casa grande. Tenía inquietud por saber, y casi lo consiguió en cierta ocasión en que la profesora del pueblo que se encontraba a unos kilómetros del lugar, apareció, así sin más. En principio, el niño pensó que aquella mujer alta de mirada rara, con aquél extraño moño que le tiraba para atrás del pelo, se tocaba tanto la cara, y no paraba de alisarse el vestido, conseguiría el milagro de que sus padres le permitiesen ir algún día que otro a la escuela. Sabía que de ser así, tendría que caminar mucho, pues ellos no disponían de mulo o asno que le sirviera de transporte.

Y así parecía en un principio, hasta que el pequeño preguntó con timidez si alguno de sus hermanos podía acompañarle, ya que ninguno de ellos sabía leer ni escribir. Aquella mujer extraña que no dejaba de atusar su vestido, se quedó muda de repente, para luego empezar a articular improperios varios contra los padres de ambas criaturas, preguntando por la educación recibida por el resto de los hermanos, y que se presumía inexistente. Se montó tal “pifostio”, que el padre del chaval le arreó una hostia descomunal dejando sus sucios dedos marcados a fuego en la cara del niño, que solo logró articular algún que otro hipido entre llanto y llanto, mientras sus hermanos le miraban enfadados, dejando de llamarle Nicolás y pasando a ser, a partir de aquél desgraciado día, “El chivato”.

Su vida cambió a partir de aquella bofetada magna y del enfado de sus hermanos. Pues él no sabía leer, ni escribir, pero sí sabía que “chivato” era una palabra fea, y que no le gustaba.

De nada sirvió la visita de aquella señora rara, más que para ganarse aquél disgusto, un nuevo nombre y el enfado de sus padres, si bien éstos estaban tan inmersos en sus labores de servidumbre, que terminaron por olvidar aquel incidente poco tiempo después.

Pero aquella señora rara, antes de marchar de vuelta, a sabiendas de que la familia al completo servía para la venerable familia Robinson, decidió acudir a los señores de la casa, conocidos por sus buenas costumbres y actos de caridad. Fue recibida por el patriarca de la familia, hombre flaco y de mandíbula marcada, con poco pelo sobre la cabeza pero mucho en la cara, que tenía ojos que parecían mirar dentro del cuerpo en lugar de fuera si de negocios se trataba, pero parecía quedar ciego cuando se cruzaba con algún miembro de la familia de aquellos campesinos pobres que formaban parte de su servicio y a los que permitía vivir en una de las cabañas adyacentes al granero.  

La señora rara del pelo estirado y el vestido alisado, rogó al señor y a la señora Robinson que se preocupasen de la educación de aquellos rapaces que estaban a buen seguro creciendo de forma salvaje e inadecuada. Era pues menester solventar la situación, un deber cristiano.

Pero los señores Robinson tenían otras ocupaciones más importantes. Eran una familia tan extraordinariamente rica que se debían a sus congéneres más necesitados. En aquella época de tribulaciones, lo mejor que ellos podían hacer era celebrar fiestas benéficas y actos de caridad para ayudar a las instituciones que lo necesitaban. No tenían tiempo para preocuparse por aquellos niños que al fin y al cabo, no requerían de saber leer y escribir para sus tareas encomendadas. Ya habían hecho bastante dándoles cobijo. 

Pero no todos eran igual en esa casa. La jovencita Julia Robinson, adolescente linda, de carácter romántico, enamorada de las letras y soñadora de cambiar el mundo, asumió como suya la responsabilidad de enseñar a leer al pequeño Nicolás.

De esta forma, sin tan siquiera saber cómo, la señorita consiguió que el pequeño al que sus hermanos llamaban “el chivato”, le perdiera el miedo y la acompañase todos los días al atardecer en aquella parte del jardín posterior de la casa. El chiquillo se sentaba en un tronco de madera y jugaba con sus pies, esperando hasta que ella llegaba y cada día, le enseñaba una letra distinta y le dejaba ver los dibujos de sus cuentos.

Florinda, la hermana de Julia, furiosa por aquella situación indigna e inapropiada, alertó a su madre, la elegante señora Robinson, sobre lo que ocurría en la parte trasera de casa. Pero la señora Robinson se sintió orgullosa de que su pequeña Julia tuviese el corazón tan noble y le permitió dar clases a ese tal Chivato. De esa forma, demostraría a la profesora local que ella si se preocupaba y ayudaba a los hijos de sus sirvientes, y que éstos, no necesitaban asistir a clases con el consiguiente perjuicio de tener que preocuparse porque los niños vistiesen de forma adecuada para entablar contacto social. No era necesario que los chicos calzasen o lucieran ropas de calidad mientras trabajaban en el huerto, limpiaban los jardines o se encargasen de las tareas varias que se les otorgaba. De esa forma, su misión humanitaria de buena cristiana quedaría compensada a través de la labor de su pequeña Julia.

Pero aquél día, el pequeño Nicolás esperó y esperó, hasta que al fin, la jovencita apareció. Venía contenta, risueña. Hoy no portaba su vestido de flores con delantal blanco, y sus bonitos zapatos negros de charol. Hoy, traía un vestido rojo brillante con un gran lazo en su cabello negro y algo que llamó poderosamente la atención del joven. Unas brillantes botas de color rojo intenso.

El niño se sintió atraído desde el principio por esas botas rojas.

- Siento llegar tarde Nicolás. – le dijo ella con voz cantarina.

Ah, el pequeño adoraba esa voz. Ella era la única que le llamaba por su nombre y se sentaba junto a él en aquél tronco. Le divertía ver como ella colocaba un pequeño pañuelito antes de sentarse con gracia y enderezar mucho su espalda. El pequeño siempre le sonreía, mostrando aquellos dientes que habían empezado a salir cubriendo un hueco, de forma torcida y que le daban un carácter pilluelo a su sucia cara de niño bueno.

- Qué guapa viene hoy señorita Julia – le dijo sin poder dejar de mirar las botas de la chica.

Ella se tapó la cara sonriendo. No quería mostrar los dientes cuando reía, su madre le había dicho que las señoritas habían de cuidar esos detalles.

- Gracias Nicolás. Hoy, te voy a leer un cuento que habla de un joven que tenía unas botas tan preciosas como éstas que me ha regalado mi papá.

Y así, la joven, comenzó a mostrar un nuevo libro al pequeño, que hoy, solo podía concentrarse en aquellas botas, y en como él mismo, se veía reflejado en ellas de tanto que brillaban.

Aquella misma noche, las volvió a ver brillar. Solo durante un instante, bajo la luz de la luna, antes de que quién las llevaba las envolviese en un sucio saco de los del cobertizo y entrase con ellas en las cuadras.

Pero fue al día siguiente, cuando el pequeño Nicolás y sus hermanos, escucharon unos gritos ahogados y vieron a la joven Julia llorar desconsolada al ser llamados a las cocinas. Alguien había robado sus hermosas botas rojas. Todos estaban desconsolados por ella, a nadie le gustaba ver a la señorita llorar con tanta pena. A su lado, su hermana Florinda, no dejaba de mover las manos en el aire con gesto de enfado.

- ¡Ha sido él! – gritó con voz de pito señalando con el dedo recto y acusador al pobre Nicolás.
- Yo no he sido señorita, yo no he sido – le dijo él mirándola con una súplica en sus ojos.

Pero lo que vio lo dejó sin habla. Los ojos tiernos de la señorita Julia se habían vuelto duros. Lo miró como jamás lo había mirado antes. El niño no dijo nada, solo se quedó helado, con los ojos muy abiertos y un ligero temblor en los labios, mientras una lágrima comenzaba a huir rebelde…

- Yo no he sido – volvió a insistir.

Florinda no cejó en su empeño…

- ¡Ha sido él! ¡Ha tenido que ser él! ¡Te lo dije Julia, no debes pasar tanto tiempo con ese niño sucio y desharrapado! ¡Te pegará los piojos y su necedad! ¡No es más que un chivato!

Fue entonces, cuando la madre del pequeño, mujer callada que pocas veces rompía el viento con el sonido de su voz, intervino en esta pequeña historia. Era una mujer menuda, débil en apariencia y afanosa en sus labores. Parecía ser un fantasma que apenas se sentía vivo salvo cuando se dirigía a sus pequeños. Una mujer que tenía un atisbo de esperanza de que uno de sus hijos aprendiese a leer al fin. Ella era silenciosa, y por tanto, observadora. Y observó. El brillo de malicia en los ojos de la señorita Florinda, la incomprensión avivada por la rabia en los ojos de la señorita Julia. El goce en cierta forma en la señora Robinson. Como casi siempre, la ausencia del señor Robinson que era el único capaz de suavizar a la señorita Florinda. La culpa y el desangelo en la mirada de Luís, su hijo mayor, que no dejaba de mirar al suelo, una fijación obsesiva en sus pequeños botas rotas y embarradas de un número extrañamente inferior al que le perteneciera a un muchacho de su edad.

Con cautela se acercó a su hijo Nicolás y observó también el brillo del dolor en sus ojos…

- Hijo mío, somos gente pobre, pero honrados. ¿Has tomado tú las botas de la señorita Julia?

El niño levantó sus ojos ya abnegados en lágrimas y de un golpe seco las limpió con rabia. Levantó la cabeza y miró a la joven con pasión.

- No.
- ¿Sabes quién ha sido? – le preguntó su madre con cautela.
- Sí.

Un silencio atroz se hizo en el pequeño jardín. Julia detuvo su llanto, Florinda se puso pálida, Luís levantó la vista de golpe. Sólo se escuchaba el ruido al sorber los mocos causados por el llanto del niño…

- ¿A qué esperas hijo? ¡Dinos quién ha sido!

La sonrisa apareció de pronto en su sucia cara llena de manchas, lágrimas y mocos, y con todo el orgullo del que fue capaz, levantó la cabeza y salió sin más de aquél lugar,  murmurando para sí con orgullo, y gritando con fuerzas para que todos le oyesen…

- Yo no soy ningún chivato.




7 comentarios:

  1. Buenísimo Margarita, muy bello además. El concepto que encerrás en tus letras enaltece y es contundente. Muy fluída la descripción de los eventos y con un final para la sonrisa y la motivación a ser mejor.
    Un abrazo.

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    1. Muchisimas gracias Navegante. La verdad es que es una historia que me gustó escribir. Quizás algo lenta en el tiempo, pero es que yo quería que fuese así, un poco como de otra época. Muy, muy agradecida con tu bellisimo comentario.
      Besos :D

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  2. Una historia digna de una novela. Un beso.

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    1. Muchisimas gracias Susana. Un beso muy fuerte preciosa :D

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  3. Me ha encantado, una vez más una gran entrada, un precioso texto, y una maravillosa historia
    ¡un abrazo!

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  4. Es cierto, me gusta como para novela de época, aunque la verdad me quede con ganas de mas XD, de confirmar quien fue y que esto terminara mejor de lo que termino, no sé, quiero mas XD

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