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Yo te cuento

sábado, 6 de mayo de 2017

El viejo ciruelo. Capítulo 5



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Capítulo 4

Capítulo 5

Mientras golpeaba suavemente con mis nudillos la vieja madera que constituía la puerta de aquella casa, sentía dentro de mí crecer la seguridad.

Zacarías me abrió la puerta. Verle sobrio era, desde luego, incluso desconcertante. Lástima, pensé, no verle así más a menudo, pues si bien se le veía abatido, también es cierto que quedaba en sus ojos el rescoldo de lo que este hombre fue cuando su esposa aun vivía.

Adela esperaba, sentada en una silla, muy derecha, pero no tiesa. Erguida, sentada con elegancia, y una gran serenidad en su rostro. Habían encendido fuego. No hacía demasiado frío, pero las brasas daban a la estancia una temperatura agradable. Yo temí sudar de puro nerviosismo, pero había tomado la determinación férrea de conquistarla, con o sin preguntas. Insistiría una y otra vez, hasta conseguir mi objetivo.


El calor del fuego emitió un reflejo en los ojos de ella, esos ojos que se suponían apagados, pero jamás vi brillar con tanto fulgor, y que cuando te miraban, provocaban el efecto solemne de que nos mentía a todos, y sí que podía ver.

Si bien no era el caso, la atracción que esta muchacha ejercía sobre mi persona era tan fuerte, que yo bien pensaba que sus ojos eran imanes de los míos, anhelantes de toda ella.

- Siéntese joven – me dijo su padre – Terminaremos pronto y tengo cierta prisa.

Sus dudas no me extrañaron. Yo solo sonreí, y ella... levantó una ceja como si hubiese visto mi sonrisa. En aquél instante, sentí un gran deseo de pasar mis manos por delante de sus ojos para ver si pestañeaba de una forma especial. Me limité a tomar asiento, todo lo cerca que pude de ella. Me daba igual si su padre lo consideraba irrespetuoso. No iba a desaprovechar ni una sola oportunidad, y menos, después de el breve paseo de aquella misma mañana, cuando llevarla a mi lado fue toda una prueba para no tomarla en mis brazos.

- Está bien, Gonzalo. Le haré, perdón, te haré, tres preguntas. Si las aciertas, tendrás una cita conmigo. Algo sencillo, pero podrás acompañarme si quieres a dar un breve paseo.

Recordé el ciruelo, y lo que me pareció que susurraba el viento. Recordé las palabras que el propio anciano me dijo, lo que me aconsejó, lo que sentí en mi corazón, allí, parado en el monte. Y la observé. De nuevo su postura, sus palabras... era una joven educada, y además, yo diría que incluso, instruida. Llevaba mucho observándola. Instinto. Había que dejarse llevar por el instinto.

- La primera pregunta es... ¿Cómo puedo saber si algo es rojo?

Ahora comprendí a lo que se refería mi amigo cuando me dijo que las respuestas podían ser acertadas o no, y tú mismo, no lo sabrías. Sí que empecé a notar calor de pronto, pero no me iba a rendir con tanta facilidad y a la primera.

- Eres ciega de nacimiento según tengo entendido. Jamás has visto el color rojo, ni el azul o el verde. Pero en tu pensamiento, le has dado una cierta tonalidad. Te gustan los libros, se nota por como hablas que sabes expresarte muy bien. En esos libros que alguien te leerá, te habrás hecho una idea de como son para tí los colores. El rojo es fuerza. Y tú imaginas que algo es rojo por la fuerza que te transmite. Solo tú puedes determinar qué es rojo, y que no.

Ella quedó realmente sorprendida. Creo que acerté en esa respuesta, porque... la postura de su cuerpo cambió, su mirada se volvió de pronto algo más tímida y se colocó varias veces un mechón suelto, a la vez que se retiraba algo del fuego. Estaba nerviosa.

- La segunda pregunta es... ¿Cómo sabía yo lo que medía con exactitud la cancela?

Ahora sí que me relajé. Ella podía mentirme o no, pero yo conocía la respuesta. 

- Llevo mucho tiempo observándote Adela. Mucho. Me gustas desde hace mucho tiempo, aunque jamás me atrevía a solicitar tu permiso para salir contigo. Eres inquieta. Como dije antes, te gusta conocer cosas, y tu ceguera, no lo impide. He visto como tu padre te ha provisto de algunos artilujios. Y cómo me dejaste tan intrigado esta mañana, he investigado un poco. Al igual que yo hice una vez una baranda más alta de lo normal para el fuego de la chimenea, Julio, el carpintero, te ha preparado un metro que se repliega sobre sí mismo cada diez centímetros. Al mismo tiempo, ha marcado de forma profunda los centímetros y milímetros. Y así, supiste con exactitud la medida.

Ella se puso de pie. Los nervios se la estaban comiendo. Su padre nos miraba a ambos, creo que sorprendido también. Conforme más nerviosa se ponía ella, más relajado estaba yo. No me había dicho si había acertado o no, pero yo sabía que así era.

- Y la tercera pregunta... ¿Por qué yo? ¿Soy un reto?

Ésta sí que no me la esperaba.

- Empecé a observarte por curiosidad. Va a sonar mal, pero tengo cierto éxito entre las jóvenes, y tú, no me echas cuenta. Se que eres ciega, pero... he visto como te mueves, y como te desenvuelves. Es incluso llamativo. Compartimos afición, yo devoro libros a pesar de las burlas de mis amigos. Tuve la gran suerte de conocer a una profesora jubilada que me enseñó a leer. Fue el mayor regalo que me han hecho jamás. Y me gustas, no debería decirlo delante de tu padre, pero me pierde tu sonrisa, tu educación, tu saber estar, y por supuesto, tu belleza. Y pienso casarme contigo. Y quererte. Te querré cuando esa belleza sea madura, y cuidaré de ti siempre. No eres un reto para presumir ante los demás. Eres un reto ante mi corazón.

Ella se detuvo en seco y se acercó a mí.

- ¿Puedo hacerte una última pregunta?
- Sí.
- Si te dijese que no has acertado las respuestas... ¿qué harías?
- No creerte.


- Y así fue como conseguí que aquella maravillosa mujer accediera a salir una tarde conmigo...

Ahora, sesenta años después, y justo cuando acabo de contar mi historia a esta joven que se encuentra en un aprieto, escucho su historia y, al igual que hicieron conmigo, le paso a ella el relevo. Puedo volver a casa satisfecho.

Y ahí está, sentada, esperándome en el porche, con esa sonrisa suya. Aun es un misterio para mí como puede presentir cuando es exactamente mi llegada. Hoy sonríe distinta. Sabe que al fin he conseguido encontrar quién me va a sustituir.

- Has encontrado al sustituto, ¿verdad mi amor?
- Así es Adela. Pero sigues sorprendiéndome... ¿Cómo lo has sabido? Cuando me casé contigo, ya sabía que no eras muy normal. Es una de las múltiples cosas que me gustaban de tí.
- Sigo queriéndote igual, o más, ¿lo sabes?
- Lo sé. Al igual que sé que esa muchacha va a tener suerte. ¿Cómo sabías que ya estaba aquí?
- Porque tú hoy, eres rojo.

¿Se puede querer a alguien cada vez más? Eso es lo que yo siento con Adela. Nos casamos muy poco tiempo después de aquellas tres preguntas. Sigo tan prendado de ella como al principio. Y desde luego, seguiré subiendo a visitar a mi viejo amigo, ese ciruelo junto al que tantas tardes he pasado como pago a la promesa que en su momento hice. Ahora, me permitiré el lujo de visitarlo por las mañanas, y dejaré a Nuria las tardes de su nueva vida, espero que una vida próspera y dichosa como está siendo la mía. 
 
 Fin

10 comentarios:

  1. Precioso y muy original. Un beso.

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  2. ¡Es estupendo! Enhorabuena Margarita, me encanta estas entradas.
    Besitos

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    1. Muchas gracias Mari Carmen, ja ja. Espero que hayas disfrutado a tope de la feria de Sevilla :D

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  3. ¡Me encantó! Sinceramente, me encantó
    Precioso, emotivo, y en general estupendo
    ¡Un abrazo enorme!

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    1. Muchisimas gracias Naya, ja ja. Me alegro que te haya gustado. Es muy cortito, pero tú sabes, para no extenderlo mucho más en el tiempo, pues poquitos capitulos. Un beso preciosa :D

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  4. Hermosa historia. Ese ciruelo guardaba la sabiduria de los viejos patriarcas. Aplausos Margarita. y mi y muy merecidos.

    mariarosa

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    1. Muchisimas gracias Maria Rosa. Un beso muy fuerte. Muaaaakkkk :D

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