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Yo te cuento

sábado, 7 de noviembre de 2015

Salvaje

Voy a contaros una historia algo peculiar. Os voy a presentar a Ernesto, un muchacho normal y corriente, enemigo del deporte y amigo de la tranquilidad, el sofá y el relax. 

Sus padres, Leo y Clotilde, eran un matrimonio muy peculiar. A Clotilde le encantaban los viajes de placer, algún crucero, tumbarse en cálidas y blancas arenas, el olor de las cremas solares… Leo prefería la acción y el deporte. Intentaba practicar todo tipo de deportes mientras su esposa se tendía al sol. Hombre fuerte y éste sí , bastante musculoso, no dejaba de decirle a su hijo que parecía más bien un apéndice de ser humano que un ser humano propiamente dicho, comentario que por cierto a Ernesto le sentaba bastante mal.  

Aquí comienza nuestra historia. Llegada del verano, y con la mencionada estación, las esperadas y temidas a partes iguales, vacaciones familiares. Esta vez a África. Sí, tal como os suena, y es que aunque no lo creáis, aún hay gente que puede viajar y además donde quieran, ¡guau! ¿A qué no sabíais que esa especie existía? 

En fin, que me voy por las ramas africanas. Leo pensaba en lo divertido que sería hacer safaris, practicar todo tipo de deportes de riesgo, incluso alguna excursión de caza, o de submarinismo. ¡Lo que iba a disfrutar de África! Clotilde, a la que por cierto todos llaman “Clo”, sólo piensa en sus playas, en un par de hermosos indígenas que la abaniquen mientras su blanca piel toma un hermoso color bronceado y en beber todas las bebidas exóticas que pueda, si son afrodisíacas mejor, así las puede compartir con su querido Leo, su león particular. Y luego está Ernesto. Para él, África es la selva y la selva es calor, mosquitos, molestias, caníbales, e incluso quién sabe si la malaria. Probablemente en la maleta de Ernesto no haya más que antihistamínicos, antibióticos, y anti-todo lo que se pueda sospechar...



El caso es que cuando nuestros amigos se dirigían a un hotel espléndido del exótico continente, tuvieron un pequeño contratiempo. Les falló el motor de la avioneta y terminaron comiendo tierra y verde follaje de lleno y sin precalentar primero.

Imaginen ustedes que trauma. Según confesiones del piloto, podían tardar días en encontrarlos, ya que parecía ser una zona muy alejada. ¡Qué tragedia para Clo y Ernesto! ¡Qué inmensa alegría para Leo! Por fin va a poder demostrar que tanto deporte y tanto dote de mando son efectivos. Será una especie de Robinson Crusoe perfecto.

Ni corto ni perezoso, Leo comienza a dar órdenes a diestro y siniestro para construir una pequeña ciudad jardín en mitad de la selva. Busca en su maleta y claro, no hay objetos afilados, prohibidos en todo vuelo. Pero algo se le ocurrirá buscando en las herramientas del avión, para algo vio todos y cada uno de los capítulos de McGuiver.

Ernesto por su parte está anonadado. No sabe si tomar todas las píldoras que echó en su maleta o suicidarse directamente, porque al fin y al cabo, mejor morir rápido y pronto que en algún caldero a fuego lento.

Al fin, Leo y el piloto, con la ayuda de Clo y de Ernesto, han improvisado una especie de “campamento” con  tiendas de campaña que llevaban en el equipaje. Han encendido un fuego y gratamente Leo ha conseguido “pescar”. Nadie ha querido preguntarle cómo, prefieren no saberlo. Tras la improvisada cena que casi no probó nadie, deciden ir a dormir para recuperar fuerzas. Ernesto, generoso,  les deja a todos que se unten como sándwiches con el anti mosquitos y antiparásitos que llevaba en su maleta. Con suerte, ningún caimán, oso, leopardo o auténtico león les atacará, pues para ellos Ernesto no lleva nada en la maleta, salvo antiácido, quizás.

El sueño les abate. Ha sido un día difícil y complicado y caen rendidos en brazos de Morfeo. Nuestra querida Clo decide activar la alarma de su móvil. No tienen cobertura para pedir ayuda, pero si la alarma funciona y se despierta al amanecer, captará unas instantáneas muy hermosas.

De forma curiosa, y sin alarma de móvil, pues la batería también se agota, Clo es la primera en despertar. Lo primero es lo primero. La piel no tiene por qué sufrir, así que busca su mascarilla facial de pepino, y procede. De esta guisa sale de la tienda de campaña para tomar un hermoso y relajante baño en las aguas del río. No cree que ningún cocodrilo se anime con ella teniendo en cuenta que lleva la cara verde. Si son cocodrilos listos, la dejarán en paz al ver su cara verde, podrían intoxicarse. Sin embargo no eran cocodrilos quiénes la aguardaban en el exterior, sino una pequeña comitiva de cinco señores altos, delgados, musculosos, con taparrabos y hermosos colores en la cara.

El susto estaba asegurado, imagínense a una señora de taitantos recién levantada con el pelo revuelto, sin maquillaje y con una mascarilla facial de pepino. Verde intenso, por cierto.

Gritos, algarabía, sustos, descontrol… Leo sale de la tienda de campaña justo a tiempo de ver la cara de pánico de… los indígenas porque Clo los amenaza con la crema solar, y créanme, daba miedo su mirada decidida bajo tanto verde y ese tubo amenazador. El piloto sale rápidamente mientras Ernesto se asoma con cuidado temiendo que alguna especie de plaga de insectos rodee la tienda o vete tú a saber qué.

Pero nuestro héroe, Leo, acude a salvar a su querida esposa y apuntando a los salvajes con una de las herramientas puntiagudas de la avioneta.

-   ¡Aléjense salvajes! ¡No hagan daño a mi esposa! ¡Soy cinturón negro de karate, os puedo matar a todos de casi un golpe! ¡Ernesto, hijo, trae el rifle!

¿Qué rifle? Jo, está claro. Van a ser devorados y encima se van a cachondear antes con ellos. Por no tener, no tienen más que una pequeña navaja multiusos, tal vez puedan pinchar en el pompis de alguno con la parte del sacacorchos que parece muy amenazadora, pero poco más.

Entre tanto, Clo grita medio histérica y sigue blandiendo el bote de crema como si en ello le fuese la vida diciendo no sé qué cosa de que se defenderá hasta la muerte antes de que alguien intente poseerla contra su voluntad.

-   Hola, soy Matu. Jefe de la tribu Angabua. Pasábamos por aquí como cada mañana para darnos un baño refrescante y vimos los restos de su avioneta. Pensamos que tal vez necesitaran ayuda.  

Sí. Cara de estupefacción total.  Aquel salvaje no solo había hablado en perfecto idioma inteligible, sino que además parecía educado, es más, sólo le faltaba la corbata.

-   ¿Disculpa? ¿Vosotros entender nuestro idioma?- pregunta Leo, algo, no mucho, pero algo, más calmado.
-   En caso contrario, no estaríamos hablando con fluidez, ¿no cree señor?
-   Pero… ¡esto es mitad de ninguna parte!
-   Disculpe, esto es el centro de la selva donde mi familia lleva viviendo durante generaciones. Si quieren pueden acompañarnos y les ayudaremos a reparar su avioneta. Nuestros médicos pueden atender a su esposa, creo que tiene una especie de infección en la piel que le provoca delirios.
-   ¿Y juran no comernos? – pregunta desde el interior de la tienda de campaña el joven Ernesto.
-   Prefiero comer la fruta fresca y los alimentos cocinados que preparamos en nuestra aldea antes que comer carne humana. ¡Qué asco! Confieso que hay quien dice que nuestros antepasados eran caníbales, pero créanme, la carne de serpiente es exquisita y los huevos de avestruz están deliciosos, la humana no me atrae.

Anonadados, y salvados, deciden acompañar a aquella peculiar tribu a su “lugar de estacionamiento”. Al llegar ven un poblado de chabolas con cubiertas de paja, junto a un arroyo. Niños jugando y una vida más o menos normal hasta que ellos llegan, momento en el que todos se arremolinan a su alrededor para curiosear sobre los nuevos visitantes, aunque más bien a la que no pueden dejar de mirar es a Clo. Extraño color de piel. Ésa mujer debe estar muriéndose porque la piel le chorrea y es de color verde. Además, tiene un extraño rictus en la cara, como si no pudiese moverla con facilidad.

-   Maldita mascarilla -  murmura para sí Clo - se ha puesto rígida y como no me lave pronto la cara me va a dar algo, con lo cual acto seguido se lanza como una posesa al arroyo para lavarse la cara y de paso traumatizar a la mitad de la población infantil de la aldea.

Ahora muestra a la concurrencia una maravillosa piel tersa y suave, resplandeciente, que arranca un auténtico ¡Oh! De admiración, sorpresa y alivio.

-   Desde aquí pueden arreglar su problema del motor o avisar para que vengan a recogerles. Pero sin coordenadas.
-   Y ¿cómo van a localizarnos la ayuda?- pregunta tímido Ernesto.
-   Muy fácil joven. Aquí tenemos algo mucho mejor que vuestro Internet. Los tambores. Desde aquí avisamos en cadena a varias tribus situadas en el centro de la Selva, hasta el primer poblado que tiene esa tecnología que se llama Internet. También lo hacemos para negociar y abastecernos de provisiones. La caza y la pesca está bien, pero nuestras mujeres prefieren la venta por catálogo mejor que las pieles de animales que se almorzaron. Cosa de mujeres.

Mientras tanto, un grupo de esas mujeres han rodeado a Clo que entusiasmada se deja acariciar el rostro. Divertida les abre su maleta a las señoras indígenas y les muestra todo tipo de cosméticos de belleza. Se siente la reina del Mambo y en su propia salsa.

Leo, por su parte, no cabe en sí de gozo. Estos salvajes viven de lujo, sí señor. Además, no hay más que mirarlos para ver lo sanos que están y los músculos que tienen. Para sobrevivir tienen que cazar y pescar, sólo lo que necesitan le explica el jefe de la tribu. ¡Justo lo que él hace cuando está de vacaciones!

Ernesto lo lleva peor. Ha sido rodeado por un grupo de jóvenes indígenas que le sonríen e intentan tocar su piel, les llama la atención porque es muy blanquita y además parece muy endeblita. Y en su cara tiene… unas manchitas muy graciosas que quieren tocar. A consecuencia de todo esto, Ernesto empieza a sentir un picor general. Suele pasarle cuando se pone nervioso, pero es evidente que aquí la culpa debe tenerla algún tipo de parásito o rara enfermedad. Por ello comienza a rascarse frenéticamente hasta formarse surcos en la piel. Las chicas retroceden asustadas y se le acerca un tío de dos metros de alto con una especie de corona de plumas y un taparrabos de color negro como su piel. En el pecho tiene una especie de tatuaje raro y en el labio inferior una especie de enganche que algo le dice a Ernesto que no es para un carro. Asustado retrocede, pero el extraño se le acerca y se identifica.

-   Soy Kins, mago hechicero y curandero de la tribu. ¡Acompáñame!
-   ¡Jamás! Me vas a dar de beber algún líquido asqueroso hecho con ojos de insectos y piel de vete tú a saber qué animal.
-   Bueno, yo tenía pensado darte más bien aceite de ricino para que expulses de tu cuerpo de una forma natural todas las porquerías que te has debido meter para tener ese sarpullido, consecuencia creo de una sobre dosis de antihistamínicos. Si lo prefieres, puedo ofrecerte penicilina, antibióticos en general, antihistamínicos de última generación, o simplemente ponerte un… ¿Cómo lo llamáis vosotros los civilizados? ¡Ah, sí! ¡Un Urbazón! Nos gusta sanar a nuestra cena antes de zampárnosla.

Kins bromeaba, pero me temo que el pobre de Ernesto casi se lo cree, aunque en ése momento sólo podía pensar cómo era posible que tuviesen tantos medicamentos. Aquello era un paraíso de la salud. Y las chicas lo miraban con auténtica adoración.

Conclusión, por primera vez en sus vidas, la familia al completo disfrutó de las vacaciones. Leo no paraba de hacer deporte, Clo era la “reina de la moda y la belleza” y Ernesto se sentía más seguro de lo que había estado nunca y se hizo aprendiz del gran curandero y se decidió por primera vez en su vida a hacerle ojitos a las jóvenes.

El piloto decidió regresar. Aquella loca gente estaba como una regadera. Por ello, a él lo regresaron a “la civilización” para continuar con el trabajo de 6 a 22 horas del día, a comer rápido y de mala manera, al estrés, y a la hermosa vida civilizada. Mientras la familia eligió a los salvajes, sin horarios, comida sana, sin más preocupación que disfrutar del día a día.

En la ciudad se corrió la voz de que aquella pobre familia había muerto en el accidente. Y es que tanto viajar no podía ser bueno. Hay incluso quien tenía pruebas casi fehacientes de que habían sido devorados por indígenas caníbales de África. ¡Pobres!

Concluyendo amigos, a veces las peores vacaciones pueden ser las mejores, a veces, las apariencias engañan y sobre todo, y no a veces, sino siempre, debemos tener claro lo que queremos y luchar por ello, tarde o temprano llegará.


Nota: El próximo verano tengo pensado ir de vacaciones a África. ¿Alguien se apunta?


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